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Poeta en Nueva York

 
”El monje apasionado, tenía los ojos puestos en un sitio muy lejos. Ojos que tenían toda la amargura de un espíritu que acababa de despertar de un ensueño ficticio, para mirar hacia un ideal de hombre perdido quizá para siempre”.

Vaig trobar perdut a les falses  (mot cerdà que equival a les golfes), de l’amiga Judith, entre fòsils i papallones, barrets de copalta, diorames de pessebres, eines de joier i un bé de déu d’altres velles andròmines, el volum VII de les Obras completas de Federico García Lorca, de l’Editorial Losada de Buenos Aires.

És la tercera edició, de 1946 (la primera és de 1942) i està en bon estat, llevat de l’esgrogueïment del temps i del molest costum de signar varies pàgines amb el seu nom que tenia un antic propietari, que al cel sia. Aquest VII volum aplega el famós Poeta en Nueva York, que García Lorca va escriure els anys 1929-1930, quan estudiava a la Universitat de Columbia, i un recull de conferències i proses del mateix autor.

Del seu contingut destaquen, és clar, el famós poemari Poeta en Nueva York, i  els més desconeguts reculls, que m’alegro d’haver llegit, perque lamentablement els desconeixia. Especialment Teoria y juego del duende, i Monasterio de Silos, el convento, del que n’he tret aquests paràgrafs.

”Después hablamos de música. El pobre no conocía nada más que el canto llano. Entró de niño en el convento y no ha salido de allí.
No sabía lo que eran las maravillas sinfónicas de la orquesta ni había paladeado el romanticismo grave del violonchelo, ni se había estremecido ante la furia solemne de las trompas…, únicamente sabía el secreto del órgano, pero puesto al servicio del arcaísmo gregoriano… Le nombré a Beethoven y sonó a cosa nueva en sus oídos el apellido inmortal. Entonces yo le dije: “… Soy muy mal músico y no sé si me acordaré de algún trozo de música, de esa que usted no conoce, pero sin embargo, vamos al órgano a ver si recuerdo…”.
Atravesamos la iglesia solitaria, subimos unas escaleras estrechas y polvorientas y entramos en el recinto del órgano… El religioso, a instancias mías, cantó con la armonía del órgano el Agnus Dei que había dicho en la misa. Era maravillosamente estupendo… Cantaba mi amigo lentamente, plácidamente, con quietud casi pastoral.
Después yo me senté en el órgano. Allí estaban los teclados místicos con pátina amarillenta, filas de pajes del ensueño que despiertan a los sonidos. Allí estaban los registros para formar las divinas agrupaciones de voces. El monje inflaba los fuelles… Entonces vino a mi memoria, esa obra de dolor extrahumano, esa lamentación de amor patético, que se llama el allegretto de la séptima sinfonía. Di el primer acorde y entré en el hipo angustioso de su ritmo constante y de pesadilla. No había dado tres compases cuando apareció en la puerta del camerino el fraile que contó las leyendas en el claustro… Tenía una palidez acentuada. Se acercó a mí y tapándose los ojos con las manos con acento de profundo dolor me dijo: “Siga usted, siga usted!”… pero quizá por una misericordia de Dios, al llegar donde el canto toma acentos apasionados y llenos de amor doloroso, mis dedos tropezaron con las teclas y el órgano se calló. No me acordaba de más… El monje apasionado, tenía los ojos puestos en un sitio muy lejos. Ojos que tenían toda la amargura de un espíritu que acababa de despertar de un ensueño ficticio, para mirar hacia un ideal de hombre perdido quizá para siempre. Ojos los suyos de españoles centelleares, cobijados por las cejas que ya le empezaban a nevar. Ojos los suyos de inteligencia, de pasión, de lucha constante… Al dejar de sollozar el órgano, salió sin decirnos nada y se perdió escaleras abajo… El organista exclamó: “¡Sus cosas!”… Y reía, reía serenamente, bobamente sin comprender nada de lo que acababa de pasar allí. Descendimos del órgano. Al salir de la iglesia sentimos una gran palpitación en el ambiente, era un libro enorme que se había cerrado sobre el facistol.”

Tancar el gran llibre que reposa al faristol. Un  símbol del que tota persona ha hagut de fer, el pas previ que ha hagut de donar abans d’atrevir-se a pensar per sí mateix, sortir del niu confortable de les veritats heretades i volar a l’incert cel de la llibertat. Potser l’il.lustre andalús volia dir altre cosa, però ja se sap que els mots dels poetes són llavors que donen segons on cauen.

El text sencer de Monasterio de Silos, el convento es pot trobar aquí.

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