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“Yo le hablé de mi reciente iniciación en los misterios íntimos de la naturalez, de los dramas que habia presenciado, de las maravillas del instinto de los animales y de sus singularísimas costumbres.
–Cuánta poesía, le decía yo, cuántas bellezas en esas matas de yerbas silvestres que hollamos con indiferencia cada dia ! ¡Qué de lecciones en esos variados cuadros de la existencia de los infinitamente pequeños!”

Del llibre Los habitantes de un árbol viejo, escrit el 1879 per l’escriptor Ernest Jean van Bruyssel, que va néixer el 1827 i va morir el 1914 i que, pel que he vist, era un autor inquiet i prolífic, i sembla que va ser ministre del govern belga, entre altres activitats. Tot i que no figura a la Wikipedia, ni a l’ anglesa ni a cap altre, i que no l’he trobat a altres fonts, a Internet es troben unes quantes obres seves: Trois mois en Sicile (1852), Histoire du commerce de la marine en Belgique (1861), Histoire d’un aquarium et de ses habitants (1865), La république du Paraguay (1893), L’Uruguay (1893) i La vie sociale et ses évolutions, (1907).  L’obra que ocupa aquest post, Los habitantes de un árbol viejo – El mundo de los insectos és la traducció en castellà de The population of an old pear-tree, or Stories of insect life (1870). Va ser publicada el 1879 per la Llibreria de CH Bouret, amb delegacions a París i Méxic. Els paràgrafs reproduïts respecten fidelment el text que va escriure Mariano Urrabieta, el seu traductor. Aquest post reprodueix uns quants grabats i el darrer capítol, el XIV, d’aquesta curiosa i poc coneguda obra.

“Pasaban horas y yo seguía durmiendo contentísimo porque así me libraba de lo que llaman exigencias del mundo. !Qué de cosas había entreisto en los prados! Los séres surgían allí unos tras otros y la vida rebosaba en todas partes. Yo había podido observar su presencia por todos lados, sus movimientos, sus luchas, su febril actividad. Se hacia sentir en las yerbas, en las hojas, en la superficie de la tierra, debajo del suelo, en medio de los aires. Su poderoso soplo lo fecundaba todo, calentaba las venas de miles de criaturas, desagregaba hasta las piedras y las hacía salir de su estado inerte.

¿Cuánto tiempo habría yo dormido así, con ese sueño lleno de revelaciones, absorbido como lo estaba en la contemplación del hermoso cuadro que tenía delante, deletreando respetuosamente los caracteres jeroglíficos del gran libro de la creación?

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Lo ignoro. Cien años quizás, como aquel buen monje de la edad media, arrebatado en espíritu entre las glorias del cielo y que se despertó con la barba blanca  y los miembros tullidos por la edad. Real y verdaderamente, el tiempo significaba algo solo porque es la tela de que está formada nuestra existencia tan corta y tan efímera ; pero virtualmente no existe : el infinito carece de límites y en él no se conocen esas señales que ponemos nosotros ingeniosamente en nuestros caminos para medir su superficie. Todo lo que puedo afirmar es que una circunstancia muy natural vino á sacarme de mi estado. En el mismo instante en que el necróforo acababa de cubrir totalmente con la tierra el cuerpo del campañol, un hombre me asió del brazo y me sacudió con violencia. Yo me levanté al punto muy azorado y ví… ¡ Oh ! Jamás olvidaré lo que se presentó a mis ojos.

Tenia delante al personaje mas grotesco que es posible imaginar. Era un hombre ; pero seguramente se habria podido viajar de París á la China sin hallar entre los muñecos de porcelana, una muestra tan fantástica de nuestra raza. Vestía un ropaje oscuro con bolsillos como alforjas por los que asomaban instrumentos de toda especie. Tenia en la mano una red para coger mariposas, llevaba una porcion de cajas á la espalda, de su cuello pendia un lente y su chaleco estaba cubierto de alfileres muy largos. Una porción de coleópteros adornaban su sombreron clavados aquí y acullá en el fieltro.

–Me tomo la libertad de advertiros que se acerca una tempestad, me dijo ; apénas nos queda tiempo para llegar á la granja.

Y tenia razón. El cielo claro y azul cuando entré yo en la pradera, se habia oscurecido poco á poco y gruesas y sombrías nubes encapotaban el horizonte. Algunos vapores más pálidos de forma irregular, se mostraban en aquel fondo oscuro avanzando lentamente en dos direcciones opuestas hácia mi prado. Parecían navecillas de blanco velámen bogando en un océano de sombras lanzándose una sobre otra hasta tropezarse proa contra proa, como para entrar al abordaje. La calma más profunda reinaba en nuestro derredor. El aire estaba pesado, caliente y respirábamos con dificultad. Algunos pajarillos lanzando gritos agudos atravesaban el llano á vuelo rápido y desparecian entre las zarzas. Muy luego las hojas se entrechocaron como otras tantas paletas diminutas puestas en movimiento por manos invisibles. Se levantó un viento ligero que hizo temblar las yerbas y que muy luego tomó fuerza y sacudió violentamente las copas de los árboles. Algunas gotas de lluvia anchas y gruesas cayeron haciendo ruido en nuestro derredor, y después un trueno muy sonoro nos hizo apresurar el paso á mi compañero y á mi en dirección á las habitaciones. Mientras caminábamos eché una postrer ojeda á mi pradera, que ya no me aparecía con sus mil detalles, su abundancia vegetación y sus misteriosos huéspedes, sino en sus grandes líneas cortadas por la tempestad y teniendo por horizonte un cielo que surcaban los relámpagos.

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El desconocido y yo conversábamos andando. Era un entomologista distinguido, pero bastante original, pues solo se ocupaba de una clase de coleópteros, los buprestis, habiendo hecho una monografía de ellos bajo el triple concepto anatómico, orgánico y bibiográfico, para lo cual había reunido casi todas sus variedades  que guardaba en un arnario, con sus correspondientes rótulos, y bien expuestas, con las patas extendidas, las antenas colocadas regularmente, y los nombres y signos particulares.

Yo le hablé de mi reciente iniciación en los misterios íntimos de la naturalez, de los dramas que habia presenciado, de las maravillas del instinto de los animales y de sus singularísimas costumbres.

–Cuánta poesía, le decía yo, cuántas bellezas en esas matas de yerbas silvestres que hollamos con indiferencia cada dia ! ¡Qué de lecciones en esos variados cuadros de la existencia de los infinitamente pequeños!

La leyenda de los habitrantes de mi añoso peral sencillamente escrita, al correr de la pluma, bastaría para hacer algunas páginas muy interesantes.

El coleccionista me miró guiñando los ojos y encogiéndose de hombros con cierto sarcasmo.

– Nada de eso es ciencia, me contestó. No es así como se debe hablar de los insectos y particularmente de los buprestis. El que tiene verdadera vocación, lo que hace es pincipiar por componer un catálogo en la lengua oficial, detallándolos minuciosamente. No se deben descuidar nunca los términos científicos, al contrario hay que prodigarlos para dar prueba de su gravedad. Por lo que toca á las constumbres de los animales , conviene describirlas sobriamente, de un modo seco y conciso para que su lectura no detenga á nadie. La puerta del templo del saber debe estar cerrada para todo aquel que se cansa pronto de llamar á ella con el fin de que le abran.

–Sin embargo, repliqué un tanto picado con aquel dogmatismo, todo el mundo se interesa en las infinitas manfestaciones de la vida humana. No basta estudiar su mecanismo material, sino que se desea estudiarle también bajo el punto de vista psicológico.

– Es verdad, me dijo, y confieso que más de una vez he leido novelas con mucho gusto.

– Y por qué el insecto, continué yo sin abandonar mi argumento, ese primer nacido en la creación no tendria como el hombre, no digo su novela, seria mucho pedir, sino su verídica historia?

– Cuál es vuestra conclusión ? Me preguntó elevando magistralmente su dedo índice a la altura de su nariz, que por cierto era muy larga y aguda.

– Que se debe hacer todo para que el hombre ame á la naturaleza, de cuyo modo  la ciencia tendrá un acceso mas fácil, le dije saludándole profundamente.

Estas palabras le dejaron pensativo. No hablamos mas hasta llegar a la granja, y llegados allí, concluimos una santa alianza y nos estrechamos la mano con la mayor cordialidad.

– “Tenéis razón, me dijo, nunca habrá sobra de obreros en la viña del Señor.”

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